Recuerdo la primera vez que, de pequeña, subí a un escenario de baile. Los focos me generaron cierto miedo, los nervios hacían que me temblaran las piernas, pero cuando empezó la música entendí que no se trataba solo de mí, si no de brillar en armonía con el resto del equipo de baile. Desde entonces, he llevado esa comprensión a las diferentes situaciones de mi vida en la que me he sentido vulnerable.
Hoy, como estudiante de cuarto curso de Pedagogía en la Universidad Complutense de Madrid, reconozco que puedo llegar a relacionar la educación con el baile. Un baile que requiere de paciencia, empatía y capacidad de adaptarse al ritmo de cada persona, comprendiendo la educación como una necesidad de armonía entre todos los que la componen, centrándome principalmente en el acompañamiento psicopedagógico de niños y adolescentes que encuentran dificultades en su situación social.
Mi experiencia profesional ha girado en torno al apoyo educativo y el ocio pedagógico, trabajando como cuidadora y maestra particular, ayudando a niños en sus dificultades académicas y sociales y, sobre todo, a ganar confianza en sí mismos. Como monitora de ocio y tiempo libre en un campamento, aprendí a escuchar y a improvisar, a motivar a un grupo diverso en el que cada niño pudiese encontrar su lugar.
De esta manera bailar me enseñó a comunicar sin palabras; educar me está enseñando a escuchar incluso lo que no se dice, por ello creo que mi futuro esta destinado a ser psicopedagogía: alguien que acompaña, que observa, que ajusta el paso, que sabe cuándo guiar y cuándo dejar que el otro lidere.
"La danza es el lenguaje oculto del alma" (Martha Graham)